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Beat Happening: la infancia del arte

La de Beat Happening es la historia de tres amigos que, desde la ciudad más aburrida del estado de Washington, llegaron a convertirse en el epicentro del rock alternativo norteamericano de su época. Sucedió a mediados de la década de los 80, y no hubo ningún plan premeditado: si es cierto que el aburrimiento puede llegar a espolear la creatividad, ellos fueron el simple resultado  de un tedio infinito.

Olympia era un lugar de pocos atractivos, pero contaba sin embargo con un pequeño paisaje  rockero que trabajaba de forma febril y al margen de las grandes infraestructuras. O al menos fue así desde la aparición en escena de Calvin Johnson: un joven locutor de la radio local que hacía horas extras en el sótano de su casa, donde componía y grababa música en un modesto estudio de ocho pistas. Allí nació el legendario sello K Records, su pequeño proyecto empresarial, y casi en paralelo surgieron también Beat Happening, la banda destinada a desatar unos cuantos terremotos.

K Records fue casi un empeño ético. En él, Johnson no sólo quiso aglutinar a los grupos más interesantes de Olympia, sin restricción alguna en cuanto a estilos, sino también romper las fronteras de la ciudad en busca de grabaciones rastreadas en otras ciudades, países y sellos. La única condición para entrar en la órbita de K era destilar una cierta verdad emocional y desnuda de clichés, ya fuese a través de la adscripción al punk de baja fidelidad, las canciones a capella, el pop cándido o los sonidos hip-hop. El lanzamiento de una cassete del trío local Supreme Cool Beings (en cuya alineación estaba ya Heather Lewis, posteriormente en Beat Happening) dio el pistoletazo de salida a una compañía que llegaría a editar un álbum de Beck en 1994, y que sigue funcionando con salud envidiable hasta el día de hoy.

El trabajo de Calvin al frente de K (“haciendo explotar el underground adolescente en apasionada revuelta contra el ogro corporativo desde 1982”, tal y como reza el slogan de la disquera) serviría de inspiración a infinidad de bandas, tanto en el plano ideológico como puramente musical.  Su empecinada resistencia frente al rock reglado, profesional y centralizado de los grandes sellos, en favor de un recalcitrante espíritu amateur, no pasaría desapercibido para celebridades subterráneas como Sonic Youth, Fugazi o Nirvana, que no tardaron en ver en Johnson la figura de un auténtico quijote del más irreductible rock independiente. De hecho, Cobain se convertiría,  desde su privilegiada posición de estrella, en uno de los más valiosos amplificadores del trabajo de Calvin, llegado a tatuarse el logotipo de K Records e incluyendo discos de Beat Happening en sus famosas listas de favoritos personales. El resto de la historia es conocida: Cobain no tardaría en debatirse trágicamente entre los férreos principios de integridad independiente adquiridos en Olympia y los peajes a pagar por la fama, mientras que su ídolo se mantuvo firme en la insobornabilidad de los márgenes.

Como apuntamos, la carrera de Beat Happening despegó casi al mismo tiempo que las actividades de K, y su primer impulso tuvo que ver con el deseo de Calvin de pasar el mes de agosto de 1983 haciendo música con otros dos amigos: Heather Lewis (percusión) y Bret Lunsford (guitarra). Desde el principio, Beat Happening fueron un extraño juguete; el divertimento de tres niños raros descubriendo el placer de hacer música a través de un proceso puramente lúdico. Su primer álbum, el artefacto homónimo publicado en 1985, es un testimonio único de ese espíritu (falsamente) naif que asoma desde su misma portada: el dibujo infantil de un simpático gato a bordo de un cohete. Una vez dentro, y a simple vista, todo parece un encantador desbarajuste. Empezado por sus toscas percusiones y continuando por el soniquete de una guitarra que parece estar en manos de alguien tomando sus primeras lecciones, las canciones se suceden entre lo aparentemente cándido y una chocante aspereza de baja fidelidad, revelándose poco a poco su fondo turbio. En realidad, todo es puro contraste: entre la voz cavernosa de Calvin y la voz aniñada de Heather ; entre la apariencia pueril de sus letras sobre dramas adolescentes y sus oscuridad interna; entre la caligrafía infantil y una forma de abordar el rock que puede ser tan pantanosa como la de The Cramps (Love You) o Violent Femmes (Bad Seeds).

Bajo su frágil esqueleto sonoro, en el que la mayoría de las canciones parecían registradas directamente frente a un radiocasette, a menudo con mínimos apoyos percusivos, aquel debut mostraba realmente anclajes musicales de muy distinta procedencia. Beat Happening podían jugar la baza de la ineptitud técnica, pero permitían adivinar una abultada mochila de referencias pop: el espíritu de los viejos girl groups latiendo bajo las esquemáticas interpretaciones de Heather, o la impronta de Lee Hazlewood tras el profundo barítono en la voz de Calvin. Por otra parte, el trío de Olympia no eran la primera banda de indie pop que armaba su propuesta en base a un pequeño y minimalista soporte instrumental (recordemos los antecedentes de Young Marble Giants o Marine Girls), ni la primera en ondear la bandera de su orgullosa impericia (de la que The Shaggs fueron las más famosas exponentes), pero sí estaban a punto de convertirse en un grupo capaz de sonar tremendamente robusto con los menores elementos posibles.

Cuando se editó Jamboree (1988), su siguiente trabajo, el debut ya había calado hondo en varias ramificaciones del paisaje alternativo, incluyendo el twee pop, el grunge (Mark Lanegan y Lee Conner, entonces vocalista y guitarra de Screaming Trees, co-producirían ese segundo álbum) y en prácticamente cualquier manifestación del rock independiente que preconizase una vuelta al amateurismo y los modos primitivos. Que Jamboree sonara más macizo y afilado que la deshilachada colección de demos previa no fue, ni mucho menos, un paso comedido hacia la domesticación de Beat Happening. Nos encontramos ante un disco pegajoso y sensual, donde Calvin, Heather y Bret suenan ya como un bloque totalmente compacto, sin perder por ello ni un ápice de su recalcitrante inocencia original. La depuración se traduce en una mayor visibilidad de su talento para el reciclaje, lo que permite distinguir con renovada precisión las distintas fuentes que laten bajo su característico minimalismo. Capaces tanto de bordar una hipnótica y hermosa canción con ribetes de Velvet Underground (Indian Summer) como de  darse un baño de lodo al más puro estilo The Scientists (Hangman) o propulsar una alucinada declaración de amor con una guitarra teletransportada desde los tiempos heroicos del garage fuzz (Bewitched), Beat Happening firmaban un disco tan desacomplejado como su predecesor, pero menos radical en sus postulados lo-fi y mucho más representativo de lo que sería la inminente culminación de su sonido.

Black Candy (1989) y Dreamy (1991), las dos muescas centrales de su discografía, parecen a simple vista álbumes intercambiables, con un repertorio que podría entrar y salir de uno a otro disco sin apenas alterar su resultado. Tomados en conjunto, ambos muestran en realidad una lenta evolución hacia un equilibrio e integración total de todas sus caras (la crispada, la naif, la chatarrera y la rocosa) que dan como resultado dos auténticos clásicos ocultos del rock alternativo de su tiempo.

Black Candy expresa perfectamente, de su mismo título, la esencia de la propuesta de Beat Happening: un caramelo negro y perversamente atrayente. Dentro encontramos apenas media hora de arrebato melódico, ya sin rastro de canciones – esbozo, y donde el grupo se impone con total gallardía a sus posibles limitaciones técnicas. Los pequeños clásicos desfilan uno tras otro sin esfuerzo aparente (sirviendo en bandeja relecturas tan estimables como la que Sonic Youth harían del tema titular), y esa inspiración permite que su siguiente disco se beneficie igualmente de un total estado de gracia.

Dreamy (1991) acentúa la condición de rara avis de Beat Happening por contraste con su entorno inmediato. Estamos en un año particularmente fructífero en lo que se refiere a la creación de álbumes de referencia para el rock alternativo, y donde grupos tan diferentes como Nirvana, My Bloody Valentine, Massive Atack, Primal Scream o Mercury Rev se encuentran editando las obras más importantes y ambiciosas de sus respectivas carreras. Mientras tanto, más alejado de los focos que todos ellos, Calvin Johnson escribe con letra pequeña (eso sí, con todos los subrayados posibles) otro álbum que es un verso libre, pero que continuará inspirando a cientos de bandas en las mal llamadas segundas divisiones. En Dreamy no hay rastro de las corrientes imperantes en el lado más visibilizado del rock alternativo, ya hablemos de grunge, noise, dance-rock o trip-hop. Es, por el contrario, otro artefacto inclasificable que reduce a huesos la habitual batería de influencias, orgullosamente anclado en sus viñetas adolescentes de humor enrarecido.

Como suele decirse, Calvin Johnson iba a lo suyo. Su estatus de héroe subterráneo se ensanchaba cada vez más, pero él prefería seguir cuidando de su pequeña banda, inflando de referencias su pequeño sello y animando a sus bandas favoritas a salir de sus dormitorios y garajes. Durante ese mismo año, Johnson activaba en Olympia la International Pop Underground Convention, seis maratonianas jornadas de conciertos en las que implicó a la plana mayor de grupos de su ciudad, con invitados ilustres de poblaciones satélites. El evento, que convocó a artistas atrincherados en la más estricta independencia, no sólo fue el principal generador del movimiento riot grrrl (gracias al día dedicado íntegramente a artistas femeninas, y por donde circularon Bikini Kill o Bratmobile), sino que supuso un extenso muestrario del más importante rock facturado al margen de los principales canales de difusión. Allí, bandas como Fugazi, Built To Spill o Melvins compartieron cartel, y Calvin Johnson revalidó su condición de imprescindible difusor y apologista de un montón de música frecuentemente silenciada.

Para el siguiente disco de Beat Happening, Calvin quiso contar parcialmente (cuatro canciones de nueve) con la producción de Stuart Moxham, antiguo miembro de la banda de post-punk galesa Young Marble Giants. Estamos en 1992 y, en una época en la que el sonido de muchos álbumes se caracterizaba por una cierta tendencia al horror vacui, resultaba significativo que Johnson optase por confiar las riendas de su última obra a un músico que había hecho de la economía total su principal seña de identidad. Sin embargo, You Turn Me On terminaría por convertirse en su disco más exuberante y trabajado.

El barítono intermitentemente desafinado de Calvin, la sequedad percusiva y las guitarras peladas de alardes seguían constituyendo el núcleo esencial del trío. Sin embargo, gran parte de su urgencia había sido aparcada en favor de un puñado de composiciones que perdían el miedo a recrearse sin prisas en su pulso hipnótico (Tiger Trap), o a alzarse sobre complejos entramados multipistas, como en el caso de la extensa y sorprendente Godsend. Tal vez porque en You Turn Me On podía empezar a hablarse de una cierta madurez, Beat Happening decidieron tras su publicación abrir un paréntesis sine die, o se dejaron morir, o simplemente aparcaron sus instrumentos en el sótano y cerraron la puerta al salir. El caso es que, hasta el día de hoy, no hemos vuelto a tener noticias de ellos, sin que mediase una notificación oficial en torno a su posible disolución.

Calvin ha sido, a lo largo de estos veintiún años sin Beat Happening, el único de los tres miembros con una carrera musical regular a sus espaldas. Disperso y prolífico, continúa disparando desde frentes tan diversos como los discos firmados a su nombre (tres hasta la fecha), el guadanesco proyecto Halo Benders (junto a Doug Martsch de Built To Spill) o Dub Narcotic Dound System, donde da rienda suelta a su pasión por el funk, el hip-hop o el dub inspirado en el legado del jamaicano Augustus Pablo. Por si fuera poco, rastrear el listado de sus numerosas colaboraciones parece cada vez más difícil, y K Records sigue funcionando a pleno rendimiento con las ediciones de artistas como Jeremy Jay, Little Wings o la ex – Moldy Peaches Kimya Dawson.

Felizmente, la herencia de Beat Happening ha disfrutado de redescubrimientos y revalorizaciones continuas hasta el día de hoy, al menos fuera de los dominios del tan temido ogro corporativo. Para Calvin Johnson, sin embargo, fueron tan sólo “mil tardes de verano condensadas en casi cien canciones”. Un pasatiempo entre amigos, una forma de perpetuar la breve eternidad de la infancia.

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