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Simple Minds, la banda que pudo reinar

SIMPLE MINDS

Fecha: 16 de febrero del 2012

Lugar: Sala Razzmatazz 1 (Barcelona)

Hubo un tiempo (que seguramente muchos de vosotros ni recordaréis, porque algunos ni siquiera habríais nacido) en que Simple Minds y U2 se codeaban por el puesto de mayor grupo de rock de estadios. Eso ocurrió allá entre 1985 y 1988. Los escoceses habían trazado una trayectoria fulgurante, partiendo del post-punk y experimentando con casi todos los géneros más estimulantes de la época: eurodance, art-rock, krautrock, minimalismo, new wave… Una carrera prácticamente intachable, artísticamente hablando, de inicios vacilantes (como muchos) pero encarada con valor, con una clara apuesta por el riesgo y con una sinceridad encomiable. Sin embargo, derivaron al rock de estadio; les llegó el Don’t You (Forget About Me) y se subieron al American Dream. Parecían sacar una cabeza de ventaja a los irlandeses ¿Qué pasó después? Llegó el The Joshua Tree, el Rattle and Hum, la reimaginación de Bono y los suyos en el Achtung Baby (su auténtico hito artístico), y ¿qué pasó con su amigo Jim Kerr y los Minds? Dormidos en los laureles, en 1989 se embarraron con Street Fighting Years, un álbum conceptual y político en el que Kerr puso toda la carne en el asador y, aun así, acabó vapuleado. Llegaron las deserciones, continuos cambios de formación, cambios de discográficas, cierre de discográficas, un disco secuestrado por Virgin y un par de décadas con resultados entre lo digno justito y lo infumable que los han llevado al borde del olvido. Justo en las antípodas de U2.

Sin embargo, han resistido. Con casi 32 años de carrera a sus espaldas, y con un escaso bagaje estos dos últimos decenios, los últimos pasos de Kerr & Burchill han vuelto, lógicamente, al pasado. En 2009 giraron interpretando en su integridad New Gold Dream, y ahora que su obra juvenil está siendo reivindicada por múltiples artistas del entorno indie, qué mejor momento para sacar rendimiento (artístico, digo) de aquella época. Así, pues, coincidiendo con la reedición de sus cinco primeros discos, los Simple Minds han vuelto a una carretera que nunca han abandonado para una minigira en la que interpretan cinco canciones de cada uno de esos álbumes. Dos horas y media de espectáculo, y ni una sola visita ni al Alive and Kicking ni al Don’t You, ni a nada que vaya más allá de 1982.

Entre nosotros: mucho mejor así.

Las expectativas eran en parte esperanzadoras: El repertorio era para muchos, fans incluidos, prácticamente inédito; salvo las piezas del New Gold Dream y poco más, el resto conoció el sueño de los justos cuando la gloria los llamó a los Estados Unidos. Un repertorio para deleitarse. Por otra parte, con 51 años a cuestas y sin los cuidados de otras estrellas del rock, Jim Kerr tampoco está como para lanzar cohetes. Desde luego, no tiene el mismo preparador físico que Bono, y en la segunda parte del concierto se le empezó a notar cierta fatiga en la voz. Repito: cierta fatiga. Porque su registro y su potencia han cambiado muy poco desde los ochenta. Comparen con la voz de Bono, estropeada desde el All That You Can’t Leave Behind. Punto para Kerr.

El planteamiento es, pues, una renuncia a la victoria fácil, a los grandes éxitos y a la autocomplacencia; aun así, Kerr y los suyos salieron como siempre, con energia y sin reservas (encomiable tras tanto tiempo), sin tener en cuenta la dificultad de la tarea. El truco para reivindicar la vigencia de la que un día fue catalogada como la banda con el mejor directo consiste en mantener a un auténtico destrozatímpanos en la batería, Mel Gaynor; y fichar a Ged Grimes, ex Danny Wilson y Deacon Blue, para la plaza históricamente maldita de la banda: el bajo. Grimes demostró con creces su virtuosismo en las cuatro cuerdas: a quien escribe lo dejó boquiabierto con las líneas diabólicas de 70 Cities as Love Brings the Fall y New Gold Dream, y añadió un plus de contundencia (si cabe, cosa inimaginable con Gaynor a los parches) a la sección rítmica. Con semejante respaldado, Charlie Burchill y Andy Gillespie, el guitarrista más infravalorado de la historia y el teclista que aún no ha sabido eclipsar a Mike MacNeil, tienen mucho ganado dotar al repertorio de la grandilocuencia (esta vez en el buen sentido) necesaria.

Porque, además de rescatar estas canciones del pasado, a excepción de New Gold Dream, el sonido de aquella época es es árido, arisco, anguloso, no exento de sutileza y riquísimos en detalles eléctricos, amén de una impronta muy personal; mención aparte para el debut, Life in a Day, un pop-punk muy de la época (vamos, tirando a ramplón), pero de estribillos hiperinfecciosos.

Pero si se combina la consistencia artística del repertorio con la máquina arrolladora del binomio Gaynor-Grimes, la orfebrería de Burchill, y la ingeniería musical de los teclados (esta vez Gillespie se aplicó), la apuesta era ganadora. Belleza y músculo, los dos adjetivos que mejor se avienen con lo que sonó el jueves en Razzmatazz. Y mucho sudor, tanto metafórico como literal. De haberse mantenido por estas sendas inquietas de su primera época, quizá no habrían desbancado a U2 del podio, pero podrían haber mantenido un prestigio que iría parejo al de, digamos, unos Arcade Fire.

Aunque, claro, vicios aún les quedan; uno de los más molestos es la pomposidad de Jim Kerr. A los treinta, aún, pero a los cincuenta, Jim, amigo, esas posturitas, esas contorsiones y esos bailecitos tipo Carlton (sí, el Carlton del El príncipe de Bel Air) llegan a ser sonrojantes. Sólo hay que acudir a YouTube para comprobarlo…

Decía que hubo mucho sudor; el concierto arrancó con I Travel (base del hit Ghostdancing de 1985), toda una declaración de principios (“Travel round, I travel round, Decadence and pleasure towns”: el movimiento, la inquietud como pulsión artística y vital), Thirty Frames a Second y Celebrate: la celebración del eurodance, degradando las texturas à la Kraftwerk a algo mucho más carnal. Kerr es listo, y sabe que el álbum más reivindicado en la escena indie es ese Empires and Dance. Durante la primera parte del concierto (veinticuatro canciones en dos horas y media, con una pausa de diez minutos entre medias; como en los viejos tiempos, a excepción de la pausa) se empeñaron en la parte del repertorio más amistosa: Life in a Day, puro pop; vuelta a Empires and Dance con la inquietante This Fear of Gods; recalar en Hunter and the Hunted, auténtica canción ambient; la explosiva Love Song del Sons…, y el cierre de la primera parte del show, Room.

Para la segunda parte dejaron ese art-rock arisco de Real to Real Cacophony, disco por el que casi los defenestraron de Virgin Records. Oscuro, arisco, incómodo, opresivo, el gran desconocido para el fan: una tortuosa delicia. Lo acompañaron The American, para abrir la segunda parte, Sons and Fascination y la rotunda 70 Cities as Love Brings the Fall. Pocos, muy pocos se atrevían a corear unas canciones de alma cibernética. Bueno, la edad del respetable era también… respetable.

Encararon la recta final con todos los ases en la mano: Promised You a Miracle, Someone, Somewhere (In Summertime); bises, la instrumental Theme for Great 70 Cities para lucimiento de los músicos, y tras esa tontería tan encantadora de Chelsea Girl, Glittering Prize y New Gold Dream. Victoria asegurada con su disco más laureado y ovación cerrada. Aun a pesar de la pomposidad, las eternas confusiones de Kerr con las letras, y el agotamiento en la segunda mitad. Un público muy comprensivo. Y muy fan.

De cierta manera es irónico que un grupo, cuya característica primordial fuese una vez la evolución y el riesgo, haya dado por fin un paso adelante, largo tiempo postergado, volviendo la vista al pasado más lejano. Una pena por lo que hubiesen podido llegar a ser, y porque han dilapidado una obra que, entre 1979 y 1982, fue una de las más destacadas de la historia.

 

P.D.: Aquí tenéis el repertorio del concierto.

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