Inicio Conciertos - Archivo Richard Hawley: La ternura como altavoz de la rabia

Richard Hawley: La ternura como altavoz de la rabia

Richard Hawley

Richard Hawley y Chad C. Mulligan, el sociólogo de Todos sobre Zanzíbar, tienen varias caraterísticas comunes. Ambos comparten géneros blanco de los prejuicios: el rock de reminiscencias crooner y la ciencia ficción. El personaje que da consistencia al collage distópico de John Brunner reconoce que su espíritu combativo procede de la filantropía, y la ironía no era más que el escudo que lo porotegía del dolor. Hawley canta con el corazón en la mano: no sabe hacerlo de otra forma, y como tal se vuelca a su audiencia sin cortapisas. Y, al igual que Mulligan, no es ajeno (no puede ser ajeno) al sufrimiento que la crisis causa en las personas del entorno, esas personas que son, al fin y al cabo, parte consustancial de la sociedad, una sociedad con rostros y nombres, tocada por el fantasma de la recesión.
Hawley no puede evitar que le duela. Y que le provoque rabia. Y, como artista responsable (es decir, implicado, no ajeno a su entorno; ahora volveremos a este punto), sublima esas inquietudes a través de su talento: su voz, sus letras y su guitarra, como arma (más que escudo) de denuncia. Se agradece su valor, más en tiempos en los que se tiende a la evasión.
Así, pues, arrancando mordiscos de cotidianidad acompañados de una tormenta eléctrica, dio inicio al último concierto de la gira europea con la canción que da título al trabajo que presentaba, Standing at the Sky’s Edge, una canción que funciona como una triple metáfora: la referencia habitual a su ciudad, Sheffield, encarnada en una colina, Sky’s Edge, situada en las afueras, símbolo también de una huida fuera del entorno urbano donde se dramatizan las miserias; edge también evoca la situación desesperada de gente abocada al abismo; y también a la actitud de lucha, la asunción de ser un artista inmerso en un tiempo y un lugar que deben ser expuestos, narrados, detallados, y que no sólo no rehúye, sino que encara la responsabilidad de ser el altavoz de la rabia, sin imposturas ni hipocresías. Una rabia hecha carne en unas letras desosegantes, pero siempre con el punto de romanticismo, y se diría que de esperanza, en la lucha interna, sentimental, de personajes de nuetro entorno común.
Sky’s Edge le siguió el lamento eléctrico de Don’t Stare at the Sun, para dar paso al primero de los dos temas del galardonado Coles Corner: Hotel Room, y su éxito más accesible, Tonight the Street Are Ours, dedicado a “esos gilipollas que os gobiernan”.
Hawley demostró que la rabia y la contundencia no necesitan demasiados aspavientos, sino sinceridad y complicidad. Quizá por eso, también, amonestó en un par de ocasiones a los sempiternos asistentes que acuden a los conciertos a charlar en la barra, e incluso se burló del aire acondicionado que fue instrumento involuntario (y desentonado) de Soldier On; son sólo son un par de anécdotas, pero que revelan que Hawley se lo toma muy en serio. Entre la solemnidad, la sorna y la mordacidad, el de Sheffield desplegó sus dotes de comunicador cercano, cual parroquiano de fascinante trayectoria vital.
Con el tempo del concierto bien mesurado, el grupo sonó perfectamente engrasado para arrollar con el sonido crudo, a veces más cerca del garage que del rockabilly, y cubrió las espaldas de un Hawley que demuestra, concierto tras concierto, que no es necesario un timbre precisoso para ser un cantante excepcional. También le permitió colar canciones que necesitaban su espacio para desarrollarse (el tranquilo Soldier On o el cuasiépico Remorse Code), y nos dejó boquiabiertos con su talento y su fiereza en los solos, tanto de esta última y de Time Will Bring You Winter, que arrancó los aplausos más ensordecedores de la noche.
A cada concierto que ofrece, Hawley se afianza como un músico fiable, que no necesita más que su talento y su aplomo sobre las tablas para superar las expectativas del público, algo muy de agradecer si, como él dice, el dinero invertido en la entrada exige un esfuerzo para el asistente.
Cómo no, el repertorio lo decide él, pero el broche final, The Ocean, es casi de obligada inclusión. Un final en que las lágrimas de más de uno se derramaron sobre el suelo de la sala Apolo. Pocas veces Roy Orbison se encarna con más fidelidad que en el sencillo más famoso de Coles Corner.
Un par de horas antes, Smoke Fairies se presentaron ante los pocos asistentes que asomaron la cabeza temprano por el Apolo. El dúo formado por Katherine Blamire y Jessica Davies ofrecieron un pequeño bocado de folk británico, imbricado a partir del punteo de sendas guitarras eléctricas. Un sonido etéreo, delicado, al que le sobró el silencio de una sala aún por llenarse donde parecía perderse la magia que intentaban sugerir las dos jóvenes londinenses, demasiado estáticas, casi se diría atenazadas, sobre el escenario. Quizá en otro espacio más íntimo y más seguro habría permitido desarrollar su repertorio con mayor naturalidad e impacto.
Podéis escuchar el repertorio del concierto de Richard Hawley siguiendo el enlace.