Existen pocos placeres más reconfortantes para un cronista musical que reivindicar a artistas incomprendidos, ninguneados. También resulta tentador, en estos actos de desagravio, el aluvión de adjetivos, de halagos, de enfáticos órdagos, de comparaciones tremendistas. Y en no pocas ocasiones, en alguna de ellas, repasando estos merecidos y necesarios aleluyas, uno teme que se ha dejado llevar, que tal vez la pasión y la subjetividad le han nublado el juicio. Que quizá tu ídolo no esté maldito, sino tú muy enamorado. Hasta que llega un caso tan flagrante que por mucho que uno se venga arriba con palabras elogiosas siempre se quedará corto, sufrirá para ajustar cuentas, jamás explicará lo inexplicable. Es decir, hasta que llega Willie Nile.
Hasta que llega un compositor neoyorquino con un talento fuera de lo normal para componer canciones con alma, con sabor, con magnetismo, mágicas, eternas. Un paladín del romanticismo callejero, de los que pelean a la contra. El autor de una discografía imprescindible, de dos porciones de cielo llamadas Beautiful Wreck Of The World y Streets Of New York. Una referencia para Bono, para Ringo Star, para Bruce Springsteen, para Los Ramones, para The Who, para Lucinda Williams. Pero que debutó en 1980 y no ha podido vivir de esto hasta bien entrado este siglo, hasta hace pocos, poquísimos años. Y que toca en humildes salas, en pequeños recintos. Y que podría contar a los asistentes de muchos de sus conciertos simplemente por docenas. Es entonces cuando apetece gritarle al mundo sus incoherencias, sus absurdidades. Que Woody Allen tiene razón, que no importa el talento, importa la suerte. Que esto es un sinsentido, un horror. Pero vuelve a llegar Willie Nile, le vemos sobre un escenario irradiar tanta serenidad y sabiduría, tanta armonía interior, tanta paz, tanta gratitud, que no es dificil reconciliarse con la vida y, simplemente, disfrutar la experiencia, sin conflictos internos ni pesadumbre. Y enorgullecerse de que este pequeño genio represente con tanto carisma y elegancia a los desplazados, a los marginados, a los antihéroes, a los renglones torcidos. De que nos represente a todos.
El cantautor, inmerso en la gira de su flamante American Ride, se despedía de su escala española en la madrileña sala El Sol. Las referencias de sus actuaciones más inmediatamente recientes eran inmejorables. Los recuerdos de sus últimas giras, imborrables. Naturalmente, y a punto de cumplir 65 años insultantes e insólitos, dio un nuevo recital. Se recomienda a aquellos que bordeen la tercera edad y tengan complejos físicos no traten de consolarse viendo a Willie Nile. Jamás. Respaldado por Jorge Otero, Johnny Pisano y Alex Alexander, nuestro protagonista se comió a bocados el escenario de principio a fin, exudando vitalidad, fluidez y oficio a destajo. El público, extraordinario, entregado a la causa, contagiadísimo, provocó uno de los casos de retroalimentación más evidentes que se recuerdan en nuestro país en bastante tiempo. A diferencia de muchos espectáculos impersonales y mecánicos, con la estrellona sobre el escenario y el público a decenas de metros, aquí costaba trabajo trazar una línea imaginaria entre el artista y la legión de fans. Nile chocaba sus manos con los seguidores, Pisano incitaba a los eufóricos de las primeras filas a aporrear el bajo. Todo era fusión, temperatura, pura celebración. No es extraño que el propio Nile valore mucho el entusiasmo de la audiencia española y toque aquí con mucha frecuencia, lo que contrasta con la tibieza de su acogida en EEUU. Aunque por aquellas latitudes, por cierto, y tras poco menos que ignorar olímpicamente discos del calibre de los mencionados o House Of A Thousand Guitars, parece haber cundido el entusiasmo por American Ride. No se descarta que algún cazatalentos advierta en Nile la mirada del tigre. Y desde aquí lo celebramos, naturalmente, aunque suene a acto de contricción, a brindis chocante. Todo muy americano, en cualquier caso.
Volviendo al concierto, pero siguiendo con su nueva obra, Nile y sus escuderos defendieron con mucha vehemencia canciones como This Is Our Time o Life On Bleecker Street. La sarcástica y obsesiva Holy War, una de las mejores del lote, resultó muy eficaz. The Crossing, al piano, es una pequeña y encantadora caricia a los oídos, muy Tom Waits, muy hermosa. Aunque sobresalió la titular, una de las canciones más inspiradas del año. Todo despuntó, en cualquier caso, cuando la actuación se centró en su mágica e irrepetible trilogía. Love Is A Train y su hipnótico desarrollo, esas guitarras, esa ensoñación. A destacar, naturalmente, House Of A Thousand Guitars, la canción, que dedicó para el deleite de la audiencia a Levon Helm y Clarence Clemons. El broche de la actuación, que rozó las dos horas, fue glorioso: You Gotta Be A Buddha y On The Road To Calvary, sobrecogedor homenaje a Jeff Buckley. Y la conclusión, reveladora: concierto fantástico de Nile sin tocar una sola canción de su obra cumbre, Streets Of New York. Es más, faltaron varias de sus canciones más emocionantes. Pocos podrían sobreponerse a una licencia de esta naturaleza. Pero nadie es como Willie Nile.




