A veces suceden estas cosas. En algún momento, de entre el tedio algo te despierta y te enseña el camino correcto. Una noche me decanté por seguir la nueva senda del indie sin saberlo. No acudía muy animado pensando en escuchar la misma cantinela de siempre pero descubrí un mundo diferente cargado de rabia y de clase nacida en los barrios. Esa es la clase que se tiene o no se tiene, la que el indie parecía decidido a esquivar. Si tienes un par de minutos te cuento cómo descubrí que la ira de los distritos sigue viva en la música alternativa.
The Districts llegaron a Madrid por primera vez con su primer y aclamado disco debut bajo el brazo y un nuevo trabajo de nombre A Flourish and a Spoil. Dos minutos después de asaltar el escenario del Independance madrileño demostraron no ser unos meros rookies. Su distorsión incontrolable, sus melodías rabiosas y su energía contagiosa dieron un giro radical al indie más convencional. Lo que sonaba eran muchas cosas unidas por un marco espacial: los barrios. The Districts tienen una actitud punk maquillada de pop elegante y refinado hasta el extremo. Los juegos siderales de pedales les convierten en ciclistas de alto rendimiento. Los efectos psicodélicos y hasta psicotrópicos de sus guitarras explican a los más veteranos por dónde viene el sonido de la calle. Vistazo atrás para dejar una tarjeta de visita inmaculada al público capitalino. Pero The Districts no son arqueológos musicales, son vanguardistas del slide. Pat Cassidy tenía que llamarse su guitarrista, todo un virtuoso de esa mágica técnicos de los viejos gurús del sur.
Con semejante torrente de electricidad desfasada nos adentramos en ese camino diferente, con más fuerza. Un nuevo sonido que grita más y es más rudo que lindo pero mucho más fascinante que el camino establecido. Historias que suceden en 4th and Roebling y que destacan por su trabajado acabado desnudando un sinfin de matices irresistibles. Esa mayor agresividad concuerda con todo lo que estamos viviendo alrededor, hechos y decepciones que comienzan a influir en la música de las nuevas bandas. Cierto que el periodo histórico que estamos viviendo es una puta basura pero está sirviendo para cambiarlo todo. Y eso incluye a la música. Así lo demuestra dos nuevos himnos que incorporar a nuestra larga lista: Young Blood y Suburban smell.
Hay mucho de olor a suburbio en estos chicos de Pensilvania. No eran los niños buenos del cole, precisamente. Ahí radica su encanto. El desmadre de una banda regada en Beck’s sigue su curso ante nuestros ojos. La fuerza de sus canciones les va animando para brincar y desfasar por el escenario, visitar a una platea enardecida e incluso se atreven a detener el tiempo con canciones íntimas, que interpreta meloso un gran Rob Grote. En esos momentos, cuando todo se sosiega, te percatas del futuro tan prometedor que le aguarda a este cuarteto de tipos sencillos con sonidos mágicos. Las conclusiones se van desgranando mientras se consumen unos apoteósicos últimos instantes de un momento crucial en el camino.
Los Fender de válvulas exprimidos por los Districts y sus fabulosas Gibson y Rickenbacker ponen de manifiesto que hay una generación llegando con ganas de jugar con los mejores sonidos clásicos. Su energía eléctrica combina punk, pop o psicodelia y genera un nuevo cosmos donde exprimen al máximo unos instrumentos nacidos para brillar por siempre. Ellos los utilizan con virtusiosismo pero no les definen. Nada lo hace. Ellos logran hacer mucho ruido y muchas nueces en mitad de ese camino del indie por adentrarse en las calles de nuevo. La rabia y la psicodélica distorsión de los Districts señalan la senda.




