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‘Posers’: Crónica de The Strypes en Bilbao

El viernes 2 de febrero arrancaba un mes intenso en Bilbao en cuanto a conciertos. Lo hacía con los chavales irlandeses, que a sus veintipocos años, han editado ya un total de tres álbumes de estudio y varios EPs. En todos ellos han demostrado la clara influencia de la ‘motown’ en su sonido a través de versiones, pero también que se conocen al dedillo la historia de la música brit, cambiando el estilo de disco en disco. Debido a eso parece faltarles un poco de personalidad en estudio, esa que les sobró sobre el escenario del Kafe Antzokia.

A eso de las 22:00, con puntualidad británica, el neerlandés nacido en Sabadell Max Meser entró en escena acompañado de su banda. En media hora tocaron un total de nueve canciones de su repertorio, en las que destacó mucho la percusionista, aporreando la batería como si no hubiera un mañana. Max probó su castellano durante el concierto (“¿Aquí bailáis?”) e intercaló instrumentos: guitarra, piano, pandereta y armónica. Sobresalió la soulera Love, con Meser al piano; la psicodélica Square Room; y el derroche eléctrico de Weak For Love. Buen bolo de calentamiento para The Strypes.

Tras un descanso que se hizo eterno, casi 45 minutos, irrumpió con ganas el cuarteto de mods del siglo XXI. Todos con chaleco, del que se fueron desprendiendo uno a uno durante el espectáculo, y dos de ellos con gafas de sol. Visitaban Bilbao por segunda vez en dos años y en esta ocasión no llenaron pero cerca estuvieron de ello. El contraste de sonidos con los teloneros fue impactante. El bajo de Pete O’Hanlon sonó más distorsionado de lo normal la hora y veinte minutos que duró el show. Incluso pude apreciar a un par de personas bajando del palco con cara de frustración y haciendo aspavientos ante lo que estaba sonando.

Arremetieron desde el inicio con tres “viejas”. Destacó Rollin’ and Tumblin’, versión de Hambone Willie Newbern y que alargaron de forma descontrolada. A partir de la cuarta cobró protagonismo su flamante Spitting Image, en el que se nota que las partes vocales del guitarrista Josh McClorey y las melodías tienen un mayor impacto. No en vano, Ross Farrelly (voz principal, armónica, pandereta) empuñó la guitarra en varios de los nuevos temas, en algunos parecía tenerla de adorno.

Como acostumbran, dieron al público lo que le gusta: poses, parones ensayados, miradas desafiantes y continua búsqueda de aplausos. O’Hanlon no paró quieto ni un segundo, moviéndose por la tarima como un poseso mientras machacaba su bajo. El contraste lo ofrecía McClorey, con sus impecables riffs de guitarra (¿Cuántas veces la cambió?). Seguramente fue lo mejor de la noche en temas como Still Gonna Drive You Home o Mystery Man. Quedó peor la balada Angel Eyes; debido a esa distorsión en el bajo, fue maltratada.

Get Into It, What A Shame o Scumbag City fueron coreadas y bailadas, muy por encima de las nuevas que no parecen enganchar tanto con la gente. Con la última de las tres se despidieron antes del bis. Después de que la muchedumbre pidiera insistentemente su vuelta, regresaron para interpretar dos últimas piezas: otra versión, esta vez Heart Of The City de Nick Lowe; y Blue Collar Jane, himno garajero de su primer largo. Entre medias les dio tiempo para un interludio instrumental.

En conclusión, los cuatro veinteañeros estuvieron activos y divertidos, pero hubo momentos en los que la actitud prevalecía por encima de la música, dando la sensación de que importaba más la pose que el sonido.