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Luis Brea en Valencia (sala Wah Wah)

LUIS BREA
Fecha: 9 de marzo de 2012.

Lugar: Sala Wah Wah, Valencia.

Hace menos de un mes que escribí la reseña de Hipotenusa, el nuevo y reluciente trabajo de Brea, además de su debut en el mundo del LP, y me encuentro dentro de un concierto suyo, preparada para corroborar lo que dije… o no. Creo que le puse un 9. Creo. No lo recuerdo bien. El caso es que ahí vamos. No diré nada del retraso, porque la última vez que lo hice llovieron piedras sobre mi persona, pero esperar no siempre hace gracia, y esperar demasiado puede hacer que empieces a plantearte si te vale la pena ese plantón, con frío, para el concierto al que vas. Pero trata una de ser profesional. Y no, no me extiendo sobre el retraso.

Sorprendentemente, el primero en subirse al escenario no es Luis Brea, ni ninguno de sus chicos. Es un… telonero. Un telonero para alguien que viene a presentar su primer LP, curioso. Pero démosle una oportunidad al telonero. El telonero era Rick Treffers, holandés, se presenta, con acento extranjero, y nos cuenta cómo es conocido por ser parte de la banda Mist. Nos advierte que ahora está en una época de cambio y que va a dejar atrás el momento Mist para sumergirse en un nuevo proyecto: El turista optimista. Cuatro canciones de Mist, en las que sorprende su buen hacer, y, de repente, anuncia que “empieza la fiesta”, se quita la camisa, se queda con una camiseta con el logo del Burger King convertido en “Porno King” y gafas de sol tipo aviador. Nos pide que no nos ofendamos, porque va a hablar de su vida en España “como guiri”, cantando en español, y no quiere que nos lo tomemos en serio. Y, oye, yo tengo cero por ciento de patriota, pero las cuatro canciones que vienen a continuación consiguen que me ofenda. No porque hable mal de España o de los españoles, sino porque poco menos que insulta a la inteligencia del público. No es gracioso hacer una canción sin ritmo ni chispa para contar que te molesta que el camión de la basura pase a las 2 de la mañana o que en los suelos de los bares haya huesos de aceitunas y te resbales. Tampoco es gracioso hacer una canción en la que no paras de repetir “jajajajaja”. Nos dice que quien esté interesado en el proyecto de El turista optimista escriba su mail y su nombre en un papelito que ha dejado en el puesto de merchandising. A la salida, por pura cosa de investigación, me acerco a mirar si alguien lo ha anotado y está en blanco. Bien, no soy la única a la que no le ha convencido. Y había de quien se quejaba de El Turista de Josh Rouse y su “Me da poco y quiero más, camarero ponme un Kas, y yo vivo en la calle Jesús, oye Mari, ¿dónde vas?, voy primero y tú detrás, a donde quieras, o cogemos el bus. Ay, yo me iré, ciudad de Valencia, ciudad de las Fallas, de donde eres tú. Ay, yo me iré, ciudad de Valencia, donde comen paella que haces tú” (Valencia). Pues se puede ser todavía peor turista. Y no es patriotismo. Es aburrimiento. Y, a mí, el aburrimiento me ofende.

Pero, por fin, llega el momento en que Luis Brea y compañía se suben al escenario. Empiezan bien, arrancan con una de mis preferidas y de las que creo que mejor son del disco, Imágenes. Serios, con gafas de sol, con el gesto muy distinto al que tenían minutos antes cuando eran público de Treffers, y con el mismo ¿disfraz? de siempre. Todo lo que esperábamos, para bien, en este caso. Sorprende que Luis no hable mucho al público, de hecho no empieza a hacerlo hasta la tercera o cuarta canción, todas ellas de su Hipotenusa. Pero ya pronto empieza a bromear, por ejemplo sobre la conservación “en escabeche” de uno de sus músicos, Jorge Martí Climent, que de vez en cuando lanza gritos inesperados que no tienen nada que ver con la canción e incluso llega a ladrar, o a tocar con las baquetas el techo de la sala, como si se hubiera encontrado allí una batería que nadie veía.

Hay un par de momentos en los que dudo si el directo me está gustando tanto como el disco. Pero pasan pronto, porque Luis se crece al meterse con su mítica Dicen por ahí y algunas de sus canciones más animadas. Perdonen ustedes, no recuerdo el setlist, pero ellos no lo llevaban planeado y se ponían de acuerdo entre canción y canción, así que no creo que a nadie deba importarle que no tomara nota. El concierto se hace corto, pero alegre, desenfadado, y divertido, y cuando estás empezando a divertirte en serio resulta que se acaba. Pero hay bises, y qué bises. Bises que no se hacen de rogar, porque aún no han desaparecido de nuestra vista cuando ya están saliendo, según Luis porque ha habido alguien que ha sido muy convincente al decir “otra”, y que traen, encadenadas, dos versiones rockeras, esquizoides y divertidas de Automáticamente y de Bastante Punk. En la última, entre gritos improvisados de los tres, de repente Luis decide girarse, desabrocharse la camisa, quitársela y seguir tocando la guitarra y berreando sin ella, luciendo cuerpo. Ese momento, precisamente, el de los bises, es el que te hace darte cuenta de que ha valido la pena estar allí esa noche. Al acabar, hablo con Luis y me comenta que “se lo han pasado muy bien”. “Se ha notado”, le contesto.

El único problema es que cuando llegas a casa y comparas al Luis de las dos últimas canciones con el del resto del concierto te das cuenta de que en las dos últimas estaba el Luis que te había “camelado” con sus vídeos y su disco, y que durante el resto del concierto no has podido encontrarlo del todo. Y, sí, me molesta -y mucho- decirlo, pero queda un restillo de sabor a decepción. Puede que aguantar una hora y pico con ese ritmo hubiera sido imposible para ellos, pero los que íbamos allí sabíamos que no íbamos a un gran concierto de una ejecución técnica impecable (de hecho, las bases las llevaban grabadas), sino a un espectáculo divertido y rabiosillo. No fue así. No hasta los bises. Y, por ello, ruego, por favor, que si tienen que hacer los conciertos más cortos para que el cuerpo aguante los hagan, pero que no recorten en intensidad, porque dos días después solamente recuerdas el momento en que se desmadraron, se soltaron la melena e hicieron lo que les dio la gana. O sea, el momento en que, por fin, su concierto se convirtió en esa inyección de aire fresco que esperaba.