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Los Waterboys reivindican sus raíces.

THE WATERBOYS

28 de noviembre de 2013.
La Riviera (Madrid).

Algunas bandas clásicas y legendarias, de esas que definen estilos, dejan surcos y marcan vidas, deberían tomar nota de los Waterboys. De su ejemplaridad, de su elegancia, de su gratitud con el fan. Se difuminaron en los 90’s, en el presente siglo volvieron a la carga con álbumes muy decentes, incluso brillantes por momentos, como Book Of Lightning o An Appointment With Mr. Yates, y su rendimiento escénico, tanto en formatos más acústicos como propuestas más eléctricas y vigorosas, fue notable. Pero su momento de gloria, la definición de su esencia, la época en la que esta banda británica ensartó más corazones fueron los inolvidables 80’s. La década de los sintetizadores, de la tecnología prehistórica, de las producciones musicales llenas de vapor y flacidez, de la laca. La década que mejor ha sabido aunar romanticismo y entrañable ingenuidad. Que esté desfasada, observación habitual que con muchos matices y aristas podría aceptarse, es el mejor elogio que puede dedicársele.Y que, paradójicamente, las composiciones que los Waterboys firmaran en esos dos benditos lustros suenan a gloria un siglo y mil desencantos después, es una evidencia. Así, Mike Scott decidió honrar a los seguidores más veteranos anunciando una gira homenaje a su emblemático Fisherman’s Blues y las rarezas de esa época que acaban de ver la luz en una generosa caja. También, naturalmente, habría guiños a su primerísima etapa, antes del rumbo folkie y celta que el grupo tomó con la publicación de citado álbum. En la madrileña sala La Riviera se mascaba la expectación. Se contemplaba una edad media insólitamente avanzada, cuarentones y cincuentones se agolpaban junto al escenario dispuestos a dejarse embestir por los acordes y la nostalgia. Los modernos y los cazadores de tendencias, tan ubicuos habitualmente, no parecieron invitados al evento. Nadie les añoró.

Pasadas las nueve, Mike Scott, ajado pero manteniendo la figura y el aura, dominando como pocos el arte de lucir una chaqueta, irrumpió con su guitarra y empezó Strange Boat. Escalonadamente, se fueron incorporando los demás. No fue un momento de celebración o baile, fue una entrada íntima y delicada. Pura magia que, desde ese momento, se convertiría en un punto álgido difícil de igualar. En el  primer tramo, la banda, salvo alguna excepción como A Girl Called Johnny, huyó de los hits, de lo previsible, y confeccionó un set list muy para completistas, con especial hincapié a la comentada caja de material inédito. Aunque esta tendencia se mantuvo casi hasta el final. Se agradeció la propuesta, y un tema como Tenderfootin’, por ejemplo, gustó. En la banda se percibió la soltura y el toque clásico de miembros antiguos como Anthony Thislethwaite, que combinó el saxo y la mandolina con mucho estilo y Trevor Hutchinson, muy efectivo y comedido con su bajo. Pero, por encima de todo, sobresalió Steve Hickman, inmenso con su violín. El carisma, la entrega y la habilidad con su intrumento marcó un punto de inflexión en el grupo cuando llegó, en 1985, y ayer, durante muchos instantes, se merendó la actuación. Así se lo reconoció la audiencia, que le dispensó, al final, una ovación atronadora y merecida. Antes, y más o menos en el ecuador de la velada, había sido el principal artífice de que We Will Not Be Lovers se erigiera como una de las interpretaciones más cautivadoras, sino la que más. Ejecuciones que devuelven automáticamente el importe de una entrada y consolidan el amor a un grupo. La siguiente fue la contagiosa Raggle Taggle Gipsy, que enardeció el ánimo y las ganas de contonearse de todos los asistentes. Un doblete portentoso. De aquí al final, hubo momentos destacables, como la versión de Hank Williams de I’m Lonesome I Could Cry, Don’t Bang The Drum, When Ye Go Away, la inevitable The Whole Of The Moon o la paradigmática y vitoreada Fisherman’s Blues, que cerró el concierto provisionalmente. Pero la banda volvió a escena con un bis enérgico, redondeado por All Way Ireland y Be My Enemy, donde la vena más rockera de Scott afloró. Fue un placer verle, a sus 54 años, lo que recordó con orgullo a su parroquia, rendirse a su guitarra con tanto brío. Llegado a ese punto, hubiera sido memorable una traca final con A Bang On The Ear o The Pan Within, tal vez las dos genialidades que más pudieron echarse de menos, pero los asistentes parecieron marcharse encantados con todo, o con casi todo. Con el impecable sonido. Con las dos horas de despliegue. Con el talento y credibilidad de sus ídolos, ajenos a circunstancias y paso del tiempo. Con los acordes y la nostalgia.
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