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Las tinieblas de Mark Lanegan.

MARK LANEGAN

Foto: Pedro Rubio.

26 de noveiembre de 2013.
Teatro Nuevo Apolo (Madrid).

Lejos parece ya el periodo de indefinición que caracterizó la trayectoria de Mark Lanegan durante buena parte de la pasada década. Después de cuajar en los 90’s unos primeros discos como solista rebosantes de magia e inspiración, la chispa pareció desvanecerse entre experimentos poco afortunados o álbumes compartidos que no pasaban de lo anecdótico. Esa dispersión se borró de un plumazo en 2012 con Blues Funeral, un disco barroco y trufado de arreglos, alejado del minimalismo de antaño, pero que concentraba las virtudes del estadounidense en su más absoluta plenitud. Un año después, Lanegan amenazó con volver a minimizar su genio anunciando la publicación de Black Pudding, un nuevo álbum a medias, su enésima colaboración. El multiinstrumentista Duke Garwood comparte autoría y el resultado, pese a ser más que digno, supo a poco tras el vendaval de Blues Funeral. Afortunadamente, nuestro protagonista se reservó el mejor as para mostrarlo poco después, con un sublime disco de versiones llamado Imitations, donde, ahora sí, reverdece ese sonido íntimo y desnudo de maravillas inmortales como Scraps At Midnight o I’ll Take Care Of You. Lanegan en estado puro, Lanegan a flor de piel. Apetecía una barbaridad paladear algún concierto de la gira trazada con su compañero londinense, donde alternaría canciones propias con temas de Black Pudding. Y a tenor de lo visto en el madrileño Teatro Apolo, las apetencias fueron, con ciertos matices, ampliamente saciadas.

El belga Lyeen se encargó de caldear el ambiente en una actuación telonera donde exprimió su amplia paleta de registros vocales. Cumplió con creces, y a buen seguro que mucho nostálgico evocó en su corazón aquellas dolorosas exhibiciones vocales del malogrado Jeff Buckley. El parecido fue notable. A renglón seguido, el propio Duke desenfundó la guitarra y ejecutó otro entremés en solitario, muy de su estilo, sinuoso y árido, propiciando una atmósfera más similar a la que a continuación se formaría con la irrupción de Mark. Luciendo unas llamativas gafas de pasta, atornillado al suelo y portando su semblante hosco tallado en granito, como de costumbre, fragmentó el recital en tres partes más o menos diferenciadas. Durante los primeros compases, ejecutó canciones propias, en un formato que carecía de batería y de contundencia rockera, pero cuya electricidad (contenida) por mediación de la guitarra le alejaba del habitual formato acústico. Un híbrido tan extraño como resultón, similar al empleado por la incombustible Lucinda Williams en su reciente paso por nuestro país. Una pequeña sección de cuerda, además, dotó de destellos reconfortantes a la interpretación de los temas. Fue especialmente agradable escuchar con este planteamiento Gravedigger’s Song, menos potente pero más sutil e inquietante. Phantasmagoria Blues también funcionó. One Way Street, menos.

El segundo tramo lo monopolizó Black Pudding, y la obra salió muy airosa del trance. Garwood dio un paso adelante y adquirió protagonismo, y la ejecución de los temas adquirió una dimensión más blues y orgánica que en estudio. Fue una lástima que no llegara Shade Of The Sun, de largo la mejor del lote, pero Cold Molly, por ejemplo, creció una barbaridad con respecto a su versión grabada. El mantra de Mescalito y la aspereza de Driver irrumpieron con poca disposición de hacer amigos, y pese a que parecieron lograrlo, no desmerecieron la velada. Ahora bien, lo mejor estaría por llegar. Lanegan se mantuvo anclado en la penumbra, su hábitat natural, pero reclamó un simbólico foco y abordó su flamante repertorio de versiones, donde sobresalieron Pretty Colors y Solitaire, sin olvidar la juguetona Mack The Knife. Ahora bien, y tras el oportuno homenaje a Lou Reed cristalizado en Satellite Of Love, los dos momentos más intensos e inolvidables llegaron cuando miró al retrovisor y rescató su versión de On Jesus’ Program, grabada hace dos décadas, y que fue interpretada con verdadera pasión, con desgarro y fuego, con uno de los mayores despliegues vocales que se le recuerdan. El otro instante providencial fue su guiño a los fans de Screaming Trees, el grupo que le encumbró y que lamentablemente parece cada vez más muerto y enterrado, con Halo Of Ashes. Es difícil plasmar el torbellino de melodías y riffs de los hermanos Conner, pero el guitarrista hizo una labor de mímesis espéndida. El de Washington, por supuesto, se vació. Y que así siga, regalándonos sus siniestras vísceras por mucho tiempo.

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