InicioConciertos - ArchivoJazzaldia (III): Jonathan Wilson y el espíritu de Woodstock

Jazzaldia (III): Jonathan Wilson y el espíritu de Woodstock

Si en la jornada del viernes la playa de Zurriola se había convertido en un escenario improvisado del FIB o el Primavera Sound con las actuaciones de Destroyer y Zola Jesus, lo del sábado parecía directamente el mítico festival de Woodstock en el 69. Dos nombres asociados de una u otra manera al folk protagonizaban la programación en el Escenario Verde. En primer lugar Jonathan Wilson, productor californiano que en 2011 se lanzó a editar un primer disco en solitario lleno de bellas melodías y arreglos analógicos. En segundo, The Waterboys, veteranos de la escena escocesa liderados por un Mike Scott que ha decidido recuperar la poesía del irlandés William Butler Yeats para su último trabajo.

Un cartel jugoso que amenazaba con irse al traste por culpa de las siempre traicioneras inclemencias meteorológicas. Por suerte a las nueve y media, hora prevista para que Jonathan Wilson iniciara su set, las nubes parecían estar todavía en son de paz y el músico pudo salir a un escenario familiar. Se notaba que la ciudad conocía ya al californiano, pues con los primeros acordes The Way I Feel sonaron los primeros aplausos.

En el último año Wilson ha visitado hasta tres veces los escenarios españoles, incluyendo una gira como telonero de la banda de Chicago Wilco. Sin embargo, antes de eso, el norteamericano ya había probado suerte en la edición 2011 del Jazzaldía. En esa ocasión, con su disco recién prensado, se presentó en San Sebastián como escudero de Jackson Browne, así como con la joven banda de Los Ángeles Dawes, una formación con dos discos en el mercado producidos por el propio Wilson. Ahora, con su nombre asentado entre los seguidores del folk estadounidense, tocaba lanzarse a solas.

Una reválida que el público de Zurriola acogió con gusto, sabiendo del espíritu calmado y artesanal de la música de Wilson. Su sonido, limpio y puro, recuerda a la época hippy de los sesenta, a Joni Mitchell y David Crosby. Pero también a la mística psicodélica de Quicksilver Messenger Service. Punteos luminosos que se convierten en viajes por el desierto (Desert Raven), armonías vocales que parecen venir desde lo más alto de las montañas (Gentle Spirit). Incluso el espíritu del valle se apodera de Wilson y su banda en Valley of Silver Moon.

El músico ha dedicado sus últimos años ha recuperar la escena de Laurel Canyon, barrio angelino en el que Neil Young, Stephen Stills o Jim Morrison izaron la bandera de la contracultura. Desde allí ha apostado por su folk de brillo pop, por su sonido sencillo y reposado, centrado en la melodía. Quizás por ello la interpretación que la banda realizó de Natural Rhapsody en San Sebastián sorprendió a más uno. Lo que parecía una simple balada al piano se terminó convirtiendo en puro fuego sureño, para acabar metiendo los dos pies en una improvisación libre y llena de talento.

Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que Jonathan Wilson es algo más que un compositor de bellas tonadas. Su perfil bajo y tímido sobre el escenario esconde a un profesional de la música, a un tipo que se toma muy en serio lo que hace y que sin necesidad de fuegos artificiales camina seguro sobre las tablas. Algo que se agradece en estos tiempos de grandes titulares y consumo rápido. Las canciones de Wilson conviene masticarlas poco a poco, dejando que la suavidad de los arreglos y la maestría en la ejecución terminen por seducir al público. Así hasta lograr dar la tecla adecuada en canciones como Can we Really Party Today? O Magic Everywhere.

Después de lo visto en San Sebastián parece que el californiano tiene magia para rato. Sobre todo escuchándole interpretar una de sus nuevas canciones, en la que se atreve con la armónica para sacar su lado más folky y dylanita. El artista aprovechó el momento para anunciar también que en la primavera de 2013 verá la luz su segundo trabajo. Un álbum que tendrá que confirmar que lo de Wilson no es flor de un día.

De momento la banda se despide por un tiempo de Europa con su concierto en Zurriola, uno esos espacios que parecen diseñados expresamente para tipos como Jonathan Wilson, que recupera el espíritu más primario del folk y lo mezcla con el alma libre de la San Francisco hippy. Allí, con el público pisando la arena de la playa, el artista dijo adiós deseando paz a todos.

Por desgracia sus plegarias no fueros escuchadas del todo y en cuanto los músicos abandonaron el escenario comenzaron a caer las primeras gotas sobre la playa de Zurriola. Momento perfecto para plegar el campamento y hacer inventario de tres días que nos dejan actuaciones para enmarcar como las de Alabama Shakes y Sharon Jones. El año que viene más, mejor será difícil.

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