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Estrenos… 'Gabrielle' de Louise Archanbault

 
Lo primero que me llamó la atención de Gabrielle, antes incluso de llegar a ver la película, fue la valentía con la que la abordan tanto la directora como ‘su musa’. La joven que da vida a la protagonista de la historia que nos cuenta Louise Archanbault no es actriz sino cantante en un coro, su nombre es Gabrielle Marion-Rivard y convive con el síndrome de Williams. Es evidente -y no hay por qué dramatizar al decirlo- que esta enfermedad le limita en muchos sentidos. Louise Archanbault asumió los riesgos de trabajar con Gabrielle y Gabrielle los riesgos de trabajar con la cineasta. El resultado es hermoso. Archanbault ha confiado ciegamente en su actriz, dejándola ser libre… y siendo libre Gabrielle ha exhibido una naturalidad que pocos habrían esperado, ni siquiera la propia directora que había asumido cierta teatralidad en su interpretación. Un matiz que como espectador apenas se aprecia, pues Gabrielle actúa como es. Puede ser ‘teatrera’, pero no teatral.
Es muy interesante ver cómo se desenvuelve esta joven ante las cámaras, es interesante ver también su día a día, digamos ‘real’, dentro del coro de la asociación ‘Las musas’. Cada ensayo en grupo es un regalo para los oídos y para la vista porque está rodado con mucha delicadeza, con planos cortos, finos, planos que ponen de manifiesto la fotogenia de aquello que para tantos puede resultar feo, ensalzando la máxima que dice que la belleza es subjetiva.
Hasta aquí todo bien, el envoltorio es perfecto, precioso… el problema llega cuando entra en juego la ficción, la parte guionizada, esa que nos muestra la historia de dos jóvenes discapacitados, Gabrielle y Martin, que se enamoran, que quieren ser independientes, que quieren vivir su sexualidad como todos los demás. El punto de partida es bueno: a Martin -a quien da vida  Alexandre Landry, él sí, actor profesional- su familia le sobreprotege a pesar de tener un grado de discapacidad mucho menor que el de Gabrielle y consecuentemente una mayor independencia; a ella sin embargo le intentan dar un voto de confianza… pero sus limitaciones la convierten en una persona tremendamente vulnerable y por supuesto dependiente. Cada uno tiene sus propias trabas para conseguir un propósito común y el juego está en cómo sortearlas. O al menos parece que es esa la aspiración de la película.
El ritmo en tres cuartas partes del metraje es lento, pero no resulta tedioso porque cada imagen es interesante, nos hace permanecer a la espera de algo. Lo inquietante es que cuando toca resolver el conflicto la historia pega un acelerón inesperado, incluso atropellado… se quedan muchos cabos sueltos y otros tantos a medio atar. Después de tantas promesas, el final sabe a poco y no precisamente porque no sea espectacular. Es musical, como no podía ser de otra forma. En este final se resuelve la trama accesoria, la del coro que ensaya para dar lo mejor de sí ante un público numeroso; pero no la principal.
Se queda uno con una extraña sensación: después de haber confiado en el potencial dos personas con grandes dificultades, al final simplemente se dejan llevar por los instintos más básicos. El resto de proyectos en construcción se quedan en el tintero. Parecía que iban a hacer algo grande, parecía que iban a superar grandes retos, pero no. Dudo mucho la intención de la directora fuera que todo quedara así, parece una película incompleta.
Pero a pesar de que se quede corta, Louise Archanbault ha conseguido parte de su propósito: dignificar el amor entre personas discapacitadas regalándonos de paso momentos muy lúcidos y conversaciones que hacen reflexionar.
PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7,5/10
 

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