Una gran profesora que tuve, la que nos enseñaba los entresijos de la historia del teatro, nos puso en clase una vez un audio tenebroso, inquietante, brillante, propio de un desequilibrado mental… eran los berridos de Antonin Artaud. Obviamente después de escuchar aquella voz desquiciada hicimos una reflexión que ahora no viene al caso. Extraigo esto de mi memoria porque por alguna extraña razón -que mi subconsciente entenderá pero lejos queda que mi conciencia-, mientras observaba a Michel Houellebecq en pantalla me venía a la memoria aquel audio y su teatro de la crueldad. Puede tener que ver también con el hecho de que ambos han evolucionado físicamente igual -ya veremos si también psicológicamente-. O puede que sea porque ambos dicen verdades complicadas que muchos se toman a risa. Será por las formas.
Pero si hay un nexo común entre ambos, amén de que sean franceses y artistas casi completos, es lo surrealista de sus propuestas, al menos con respecto a la última ‘ocurrencia’ de Houellebecq, que protagoniza bajo la dirección y el guión de un risueño -dada la situación- Guillaume Nicloux. Es una ocurrencia cinematográfica. Ya había tonteado con el cine adaptando alguna de sus novelas a la gran pantalla, incluso había jugado a ser actor en un corto a finales de los 70. En esta ocasión juega a relatar su propio secuestro… el que le habría gustado quizá, un secuestro que incluye largas charlas sobre temas metafísicos, mucho vino, a ser posible Ribera de Duero, otros tantos cigarros y una pizca de sexo.
Es divertido el invento pero, ¿para qué rodar un secuestro ficticio cuando la realidad que vivió en septiembre de 2011 mientras algunos pensaron que estaba en manos de Al-Qaeda era mucho mejor? Estaba en la playa, concretamente en Almería, posiblemente haciendo todo lo que hace en la película solo que en plena libertad… sentado en una hamaca, mirando las olas del mar… Bueno sí, es verdad, es infinitamente más interesante rodar un secuestro, para qué nos vamos a engañar. Sin embargo, lo que resulta interesante de El secuestro de Michel Houellebecq no es el secuestro en sí sino todo lo que dice durante su cautiverio. Lo que hace magnética a esta película no es más que el diálogo, a veces cargante, pedante, pero siempre tan irónico que hasta puede doler si uno no tiene la mente tan abierta como este peculiar autor. En realidad, pienso yo, es una crítica al cinismo del que todo el mundo peca en mayor o menor medida. Y libre de cinismo se despacha a gusto con escritores, arquitectos, compositores y hasta con la ‘democracia’.
No hay más que se pueda destacar de esta película… ¿os parece poco? No puede presumir de una imagen o un montaje espectacular, ni siquiera bueno, pero merece mucho la pena porque, además de lo ya mencionado, es la primera vez que Michel Houellebecq se pone delante de una cámara y de desnuda ante ella.
Dice que tiene miedo a las entrevistas, que le cuesta hablar, que prefiere escribir, pues bien, quizá sin pretenderlo, mediante algo tan ficticio, ha concedido al mundo la mejor de sus entrevistas. Sin dejar de ser él con sus locuras, se ha reído de sí mismo. En el fondo me tranquiliza saber que todavía quedan personas así.
PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7,5/10




